La cobija de lana

 Festival de Woodstock. 1969

Estimados @amigos

Explicándole al gerente en una licorería que el alza de los precios de los vinos se debía a la devaluación que ha sufrido el dólar en estos últimos años, daba igual si lo decía en inglés o en ruso, el infeliz no entendía de lo que estaba hablando.

Es difícil hasta para mí, asimilar que esta volátil y la más importante de todas las divisas se haya depreciado en más del 40 % (contra el Euro), desde que abandonamos Venezuela…suena como mucho…verdad?

Seguramente mis amigos los expertos “traders” en Foreign Currency o como ellos dicen Forex, darían cátedra comenzando su explicación con  el “pip”, que es la variación más pequeña en la cotización de cualquier moneda. En Venezuela sobre todo para impresionar a los clientes mis colegas utilizaban  el término “Basis Point”.

Cansado de mi propio sermón y no obteniendo mi ansiado descuento, emprendí la búsqueda de esa bebida de los dioses que tuviera buen precio/relación, para traerlo a una cena y quedar bien con mis queridos compinches en Boca Raton.

En mi mente sonaba esta alegre canción de 1969:

“Un vaso de vino

guitarra y canción andar los caminos

a la buena de Dios”…de Henry Stephen.

Me preocupé que mi querida esposa me mirara con cara picara desde  el sector de vinos de Sur América, sabía que deseaba  modificar con un marcador negro la “n” en la etiqueta de un muy buen vino Chileno de nombre “El Cono Sur”, para así hacer una travesura de las suyas.

Empecé a caminar hacia el stand de los vinos europeos y pase automáticamente a recordar este exitazo del 68 de Neil Diamond: “Red Red Wine”…cuando de repente mis sentidos hicieron “pip” me pare en seco, y allí la vi, parada allí, como dice la canción de los Beatles “ I saw her standing there”, una  botella de vino blanco con el nombre de “Ocumare”.

Mis manos temblorosas por la emoción y no por el alcohol, ya que de este me despedí aquel día  en que Manuel Zelaya se acobijó en la embajada de Brasil ese Julio del 2009… y revisé intrigado la etiqueta.

Este vino italiano de la zona de Abruzzo, provenía del viñedo de  la familia Lamaletto…si, la misma de cerámicas Balgres. Allí mismo como dicen “In vino Veritas”  descubrí que Ocumare no es ningún nombre indígena, ni tampoco la de un cacique como yo pensaba; meramente viene de dos palabras del latín: Ocu que significa ojo y mare que no necesita explicación…que nombre tan bonito: Ocumare.

La sorpresa fue enorme porque Ocumare de la Costa ha sido parte de mi vida y su embrujo comenzó hace más de 50 años.

En aquellos tiempos mi Ocumare era única, para entrar al pueblo había que cruzar el río que desemboca en la Boca del Playón. Cuantas veces nos quedamos varados ya que no había puente. La carretera para la ensenada más bella del mundo “Bahía de Cata “, era de tierra y recién estaban comenzando a pavimentarla, así y todo no perdíamos la oportunidad de pararnos en la famosa curvita, ya en bajada hacia Cata, donde todos tomaban la conocida foto de ese paisaje fascinante y hechicero de  mar turquesa.

Nos quedábamos en casa de mi Madrina, todavía  no entiendo como llego a encontrar esa inhóspita parcela a catorce  cuadras del pequeño malecón del Playón. Ellos tenían un guachimán, un anciano analfabeta de nombre Gregorio. Una vez me enseñó una especie de carabina que tenía en su casa, él la llamaba “Chopo”, y no “Betzy “ como apodaba “Mike Hammer” su pistola Colt 45  en esa serie de Tv  que veíamos en los 80 y comenzaba con esa música sexi de saxofón.

Gregorio  me contaba en las tardes  una y otra vez la historia de su vida, cuando de policía vigilaba a los presos que construían la carretera desde el Limón (Maracay) a Ocumare, por la cordillera de la costa. Todos ellos trabajaban encadenados  a un grillete con una  bola de metal para así no poder escaparse. Cabe destacar que esta serpenteante carretera es obra del Benemérito  Juan Vicente Gómez que comenzó en 1910  utilizando los  presos de aquella época. Este guachimán me comentaba que muchos presos murieron en esta peligrosa hazaña, seguramente muchos por fatiga,  enfermedades, fusilados o mutilados por los machetes o quizás hasta rodando con su bola de hierro por los barrancos de la selva. Gregorio me susurraba que  sabía dónde estaban los restos de cada uno de ellos….buen tema para un documental.

No mucho después, mis padres compraron una “Dacha”,  léase casa, más cerca del Playón. Era nuestro orgullo y escape, como esa canción de 1970 que cantaban Crosby, Stills & Nash “Our House” … is a very, very fine house with two cats in the yard . No solo la disfrutábamos nosotros sino también nuestros amigos por varios años, hasta que algo extraño comenzó a suceder.

Los invitados empezaron a protestar que no podían dormir debido a los extraños ruidos y movimientos. Por la mañana se quejaban; no habían podido cerrar un ojo por culpa de la bulla. Era como si alguien estuviera moviendo, arrastrando el escaso y liviano mobiliario que teníamos en la sala, con mucho escándalo. Decían que escuchaban  pisadas, un constante chirrido tras la pesada puerta de madera de la entrada, una silla que crujía y las hamacas se mecían, claro, se levantaban de noche pero no se veía nada.

Otros buscaban al amanecer esa flor cuyo olor tan peculiar los había acompañado durante sus inquietos sueños…y no la encontraban.

En pocas palabras teníamos un alma en pena, un fantasma, los rumores y temores se propagaron entre nuestras amistades. Cada vez menos, nuestros amigos se atrevían a pernoctar o a pasar una semana santa con nosotros.

Pasaron varios episodios que todavía tengo frescos, como aquel cuando fuimos un grupo de la Universidad y uno de los compañeros de nombre Alon Aramati, le tocó la cama de la cobija de lana. Entrada la madrugada, se puso muy nervioso y nos despertó a todos porque alguien o algo le susurraba al oído. Entre bromas, risas y más risas, conversamos y nos volvimos a dormir. De pronto un gato, que apareció de la nada, saltó sobre mi compañero Alon. La conmoción fue tal que tuvimos que salir todos a la terraza para que él se fumara un cigarrillo y se tranquilizara. De repente la puerta principal se cerró con tal fuerza que la roca que utilizábamos para mantenerla abierta, salió disparada hasta la calle. Nos quedamos pasmados, primero porque era una noche sin brisa y segundo  por quedarnos “trancados” afuera con el infortunio de no poder entrar. Menos mal que la llave del carro “Maverick”, estaba escondida en el cenicero y terminamos durmiendo todos en el vehículo  frente al malecón. Por cierto gracias a Alon  tuve el gran honor de conocer y asistir a un concierto de su tío, el famoso poeta de la canción Georges Moustaki…Se recuerdan como sonaba esa pieza “El Extranjero” con ese ritmo un poco mediterráneo, comenzaba así:

“Es con mi facha de extranjero

Judío errante, y pastor griego

con mis cabellos al azar”.

En otra oportunidad el novio de mi cuñada, hijo del famoso científico Jacinto Convit, comentó trasnochado que no pudo dormir porque las luces constantemente se prendían y él tenía que levantarse varias veces para apagarlas. Me faltó comentarles que Antonio estudiaba medicina y no creía en fantasmas ni brujerías, así y todo, no volvió a pernoctar en nuestra dacha.….Otras escalofriantes experiencias sufrieron conocidos de mi familia, muchos culpaban aquella extraña manta de lana tipo militar que cubría una de las camas y cuyo origen nunca pude verificar.

Mi madre, muy creyente y religiosa, decidió llevar al Cura de nuestra iglesia Ortodoxa, San Nicolás ubicada en los Dos Caminos en Caracas, para encontrarle una solución a estas manifestaciones enigmáticas.

Creo que para el Padre Baumanis fue un paseo agradable que lo sacó de la rutina. En el pequeño carro de mi madre, íbamos bien apretados ya que también nos acompañaban tres miembros del coro de la congregación.

Llegamos al mediodía después de cruzar el fresco sector de Rancho Grande del parque Henry Pittier llamado en honor al biólogo suizo que estudió dicha área.

El fervoroso padre tomó su tarea bien en serio desde el principio.

Actué inmediatamente de monaguillo ayudándolo con el cirio y el incienso, mientras él rociaba con su aspersorio agua bendita en todos los cuartos, marcaba con la llama de la vela cada marco de las puertas con el signo de la cruz, recitando y orando en voz alta.  Atrás el coro cantaba los rezos en el más estricto orden ortodoxo. La escena era bizarra. El calor era infernal, a pesar de que la casa siempre estaba bastante fresca por su techo de asbesto…es increíble que hoy en día todavía en el interior de Venezuela muchas viviendas no solo tienen estas cancerígenas láminas en los techos sino también para colmo de los colmos, el tanque de agua es del mismo material.

El cura transpirando, vestido con su sotana negra, la señora del coro con medias gruesas de nylon y vestido floreado y los otros dos miembros del coro en corbata y saco que olían fuertemente a naftalina, cantaban a “capella” Yo mareado entre el calor y el incienso, los cantos bizantinos que por cierto son muy conmovedores y que tanta fascinación me producen, estaban bastante  desafinados. Puede ser porque una carterita de vodka se asomaba de los bolsillos de un pantalón.

En el cuarto de la cobija de lana, hubo una gran conmoción. El cura paró en seco, empujó al grupo que venía atrás y salió corriendo. Resulta que un amigo mío de la infancia, Vladimir, había olvidado su máscara de  “Diablo de Yare” en una esquina oscura del cuarto. Me pidieron sacarla de la casa. El proceso siguió y duró  más de una hora, la deshidratación fue extrema y se echó hasta la última gota de agua bendita mezclada con nuestro sudor. La escena era tan extraña que estoy seguro que ningún cineasta pudiera reproducirlo en una película.

Y para que sepan, después de esta bendición y exorcismo nunca hubo otra queja o comentarios sobre ruidos extraños en la noche.

Así como  desapareció esta ánima también desapareció esa extraña cobija áspera de lana que estaba en mi cuarto. Era una cobija en buen estado, color verde con una franja marrón que decía en alemán: “Polizei 1939”. Nunca supe como apareció en la casa, no conozco la historia de esa cobija, ni que alma habrá arropado o resguardado…. habrá sido la de un pobre soldado alemán?

Pero la verdad mis queridos amigos los dos fantasmas que quedaron para siempre, son los que muchos de ustedes tratan de evitar en sus retratos cuando desde esa curvita famosa arriba mencionada, toman  la fotografía de Bahía de Cata, buscando siempre que no aparezcan esas dos moles de hierro y cemento, esos dos edificios horrendos que se construyeron en la orilla de la playa en los años 70, dejando su sombra para siempre en mi querida Bahía de Cata.

Un gran saludo Yurassico

Yuяa.

La cobija de lanaYurassiclas   Abril 2011.

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