La línea roja

 

Patricia van Dalen "Tulipanes" 1995, Caracas.

Patricia van Dalen “Tulipanes”, 1995. Caracas.

La línea roja

El horizonte era una línea gris, las crestas de las olas golpeaban duro sin contemplación al Cabo Codera creando un velo opaco de millones de gotas suspendidas que recordaban a esta mítica canción: “Riders on the Storm” (The Doors-1971).  El viento  soplando de Barlovento con ráfagas de hasta treinta  kilómetros por hora parecía susurrar: “A ver, quien se atreve a zarpar”.

Aclarecía y a pesar de la llovizna fastidiosa, una gran actividad se percibía en los muelles. Un grupito de lancheros estaba dando falsarias predicciones meteorológicas, igual como nuestros analistas políticos. Definitivamente los que se arriesgan a predecir el tiempo o la política, se exponen a equivocarse. El ronroneo y el nauseabundo olor de los motores diésel se mezclaban con  la cacofonía de la radio VHF (very high frecuency) sintonizada en el canal 16, informando sobre las embarcaciones que estaban soltando amarras y de las que ya gallardamente habían iniciado su  navegación hacia una de las islas más paradisiacas y salvajes de mi querida Venezuela: La Tortuga, segunda en tamaño después de la Isla Margarita, ubicada a unas 48 millas náuticas  del puerto de Carenero, estado Miranda.  

Descubierta por Alonso de Ojeda junto a Américo Vespucio en 1499 cuando siguieron la ruta del tercer viaje de Colón, la bautizaron así debido a la gran cantidad de tortugas que rodearon a su carabela. Después sirvió de refugio a los piratas que azotaron la costa caribeña y no fue hasta los 1600 cuando los holandeses empezaron con la explotación de la sal en la zona oriental de esta desértica isla. Por esta razón, cuando fondeábamos en las aguas turquesas de “Cayo Herradura” mi imaginación volaba en expediciones a lo “Indiana Jones” encontrando tesoros escondidos y restos humanos con oxidadas cadenas de los maltratados esclavos de las salinas.

Pero esa mañana las noticias no eran alentadoras. Algunas de las embarcaciones ostentosas como “La Captiva”  del hermano de nuestra bella Irene Sáez, Miss Universo 1981, ya se estaban regresando y otras de menor eslora buscaban  guarecerse en la bahía de Buche con la esperanza de que pronto escampara como dice la canción de Creedence Clearwater Revival: Who’ll Stop the Rain (1970).
♪Clouds of mystery pourin’ confusion on the ground.

Good men through the ages tryin’ to find the sun.

And I wonder still I wonder who’ll stop the rain♫.

Justo, días atrás, en una clase de “Marinería y Maniobras” que dictaba en la  “Asociación Nacional de Marinos Deportivos” comentaba sencillamente que contra el mal tiempo, la defensa es la paciencia, lo mejor era quedarse en puerto.

La asociación  estaba formada por un grupo bien chévere, timoneada por una valerosa “capitana”  Mercedes. Todos éramos adictos al mar como el dicho que dice: La mar es aficionada con unos, y con otros apasionada.

Una de las razones que me motivaron a dar estas clases era combatir mi miedo escénico,  y hasta  “pánico” de pararme frente a un grupo de oyentes y más cuando había damas presentes.

A pesar de haber  acumulado cientos de  presentaciones y exposiciones a lo largo de años de trabajo, darlas siempre me ocasionaban un gran estrés con los consecuentes trastornos gástricos.

Así que aprovechaba mis clases náuticas, en la cual vestía  el inmaculado uniforme blanco que en aquella época todavía inspiraba respeto, mi calzado del mismo tono níveo,  hecho a la medida por una zapatería ubicada en la avenida principal de la Carlota y ensayaba frente a la clase diferentes métodos y ejercicios de relajación para así superar mi fobia.

Para ese entonces fui contratado por un banco holandés.  Resulta que en 1994 se aprobó una nueva ley que permitió la entrada de instituciones foráneas en el protegido sector bancario de Venezuela. Una de mis responsabilidades era dar a conocer, por medio de presentaciones, los sofisticados servicios y productos del banco en el área de “Cash Mangement” y Tesorería.

La primera oficina de este banco fue inaugurada en Caracas por el presidente Rafael Caldera  a la cual asistimos con mucho orgullo. A los asistentes se les obsequió un pequeño cuadro que representaba flores de tulipanes en vividos colores de la prestigiosa artista y pintora venezolana: Patricia van Dalen; uno de los pocos cuadros que nos acompañó en nuestra navegación al auto-exilio.

En esa memorable recepción en las terrazas del banco, con nuestro Ávila a nuestras espaldas, entre diferentes pasa palos, en donde no faltaron los tequeños, salmón, Champagne y distinguidos invitados, tuve un pequeño percance que pudo haber terminado en mi encarcelamiento. Se rompió el cinturón de mi pantalón, si amigos, y aunque este se mantuvo en su sitio, un bulto de color marrón cayó al piso estruendosamente. Era la cartuchera con mi pesado revolver Colt modelo 10, ya entonces la inseguridad me tenía paranoico. Menos mal que no estaba cerca del primer mandatario. Recogí velozmente el pistolón y mi querida esposa Betzy al estilo Mata Hari lo escondió en un santiamén en su cartera y discretamente nos dirigimos a la salida de la recepción.

En el banco trabajaba una diligente ejecutiva llamada como la magistral pieza de Georges Bizet: “Carmen”.  La consideraba como un pilar, un motor en esa fase inicial en la apertura de la primera agencia. En varias oportunidades observé discriminación hacia ella simplemente por ser mujer y estar mejor preparada que muchos compañeros, como ya exclamaba James Brown con su inolvidable estilo en su blues “It’s A Man’s Man’s Man’s World”:

♪This is a man’s world

But it wouldn’t be nothing, nothing without a woman♫

Con ayuda de Carmen Luisa y su extensa cartera de clientes multinacionales, puse manos a la obra y comencé de inmediato a introducir estos excepcionales y novedosos servicios financieros.

Las presentaciones obtuvieron ciertos resultados pero no colmaban  las expectativas del jefe. Así que este tuvo una brillante idea, que a mí personalmente no me gustó nada y hasta pasó por mi mente poner mi renuncia.

La idea era contratar  un consultor gerencial especialista, como dicen los americanos,  en “executive coaching”; y llegó a la oficina un tipo que era psicólogo industrial, profesional en oratoria y  escritor  para ayudarme, y fue, amigos míos, no solo el mejor dinero invertido sino lo mejor que me pasó en el banco holandés.

Este asesor hizo trizas mi manera “My Way” como cantaba Frank Sinatra. Comenzamos  desde cero con la estructura y contenido de la presentación, reduciendo el tiempo de veinte a exactamente 8 minutos. Trabajamos en las técnicas de oratoria, contacto visual, lenguaje del cuerpo como no cruzarse de manos o colocar las manos en los bolsillos, manejo de las preguntas y respuestas al final de la presentación y hasta la forma de vestirme. El consejero  recomendaba cerrar los  dos primeros botones del palto, el tercero se dejaba desabrochado, todavía hoy en dia no entiendo lo del botón; pero, amigos míos, este personaje hizo milagros y los resultados se sintieron de inmediato.

El banco empezó a crecer después de cada presentación y la oficina de “back office” a colapsar por la cantidad de transacciones diarias.

Me recuerdo en especial una muy importante presentación. Venían unos caciques de la casa matriz de una empresa europea y obtener su cuenta  era primordial.

Preparé las láminas a la medida y practiqué en ingles frente a mi querida esposa varias veces con  cronometro en mano, no podía pasarme de los ocho minutos.

Llegó el gran día, la sala de juntas con el aire acondicionado a millón, las luces ajustadas a mi gusto,  ya sentados se encontraban mi jefe echando “chistes” con  tres musius regordetes al estilo “Fritz y Franz” con sus cachetes colorados y cansados por el largo e incómodo viaje Frankfurt – Maiquetía.  Lo único que deseaban era irse a esa maravillosa terraza del Hotel Tamanaco y tomarse unas cervezas bien frías.

Me desabotono el tercer botón del blazer, oprimo el botón de “enter” proyectando desde la portátil la primera lamina con un gráfico de dos líneas: una roja  y una verde, y en mi terrible y peculiar ingles aprendido en los nueve niveles del CVA(Centro Venezolano Americano) digo en voz alta: “as you can see the red light and the green light”; en vez de “red line and the green line”. Todos los presentes inmediatamente levantaron la vista pal techo, mirando las lámparas buscando las susodichas luces de colores. Menos mal que los ejecutivos eran europeos, ni siquiera sonrieron, ni se inmutaron, siguieron escuchándome como si nada.

Mi jefe, me chalequeó por años con este episodio, pero lo importante fue que obtuvimos la cuenta y muchas otras más.

Desde entonces en todas mis presentaciones cambié  la línea roja por una línea negra, pero así y todo estas fatídicas líneas rojas empezaron a ser más rojas, entrecruzándose cada vez más en mi vida diaria, obligándome a navegar más allá del horizonte en búsqueda de esa green line, perdón green light.

YUrassiclas…..La línea Roja…Junio 07,  2013.

  

 

 

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2 Responses to La línea roja

  1. ¡Qué agradable sorpresa! Bezty, mi amiga querida de preescolar y primaria del Colegio Humboldt me envía hoy (en el 20 aniversario de mi papá Jan van Dalen, holandés de Alkmaar que llegó a Maracaibo después de la guerra, luego allí se casó con mi mamá y juntos tuvieron seis hijos), está en este blog, con unos tulipanes míos, en un día tan especial para mi. Gracias 🙂

  2. clarita says:

    Hola Yura!
    Te felicito por tu Yurassiclas.
    Cuánto me hubiera gustado verte en tu inmaculado uniforme blanco con zapatos a la medida, dando tus charlas náuticas. No me digas que no quedaron fotos de aquella experiencia. Si acaso hay alguna, mándamela por favor.
    Y en relación al accidente con tu Colt 10, se me puso la piel de gallina pensando en las terribles consecuencias de haberse descubierto el arma por los escoltas del presidente. Y que decir de hoy en día. Te hubieran agarrado preso y directo al Rodeo, por intento de “magnicidio”, muy de moda , y por fin tendrían a un culpable de todos los males habidos y por haber en nuestro país.
    De nada te habrían servido tus clases de oratoria y mucho menos el desabrocharte el último botón de tu chaqueta, jajaja
    La línea roja te habría alcanzado, abrazado, amordazado, a la espera de que te pusieses “rodilla en tierra”.
    Que bueno que el destino quiso algo diferente para ti y tu familia.
    Se te quiere mucho,
    Clarita.

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