El emplomador de pisos

 

Estimados @amigos

“Los comunistas piensan diferente” así refunfuñaba mi abuelo, un cosaco del Terek: Georgui Georguiyevich,  su nombre y patronímico a la usanza rusa. Este aguerrido ruso “blanco” que provenía  de una “stanitsa” (pueblo de cosacos) asentada en la ribera del rio Terek, dedicó su juventud a luchar junto a sus compañeros cosacos en la zona del Cáucaso.

Comparándolo con los abuelos tradicionales “cuchi- cuchi”, alcahuetes con sus nietos, tiernos, como lo  describe la canción de la comiquita Heidi ♪♫ Abuelito dime tu ♪, que nos atormentaba todas las tardes felices por televisión, mi abuelo era un tipo duro, bravucón, analfabeta y fuerte como un buey.  Estoy seguro que en su “sotnia” (unidad militar cosaca de un centenar de hombres) fue un combatiente temible.

Todavía recuerdo una discusión acalorada que tuvo con mi padre durante la hora del almuerzo.  Agarró la mano de mi progenitor torciéndosela hacia atrás, partiéndole como una rama seca uno de sus dedos de la mano izquierda. A pesar de dos cirugías y un clavo que le metieron en el índice, nunca sanó del todo y quedó torcido para siempre.

Fue una época difícil para mi madre, no solo teníamos que calarnos el alboroto del Coney Island en los Palos Grandes a dos cuadras de mi casa, sino que también ahora le tocaba consolar a su esposo convaleciente y humillado por su dedo fracturado.

A pesar de sus grandes diferencias ambos compartían su devoción por el Zar Nikolái Aleksándrovich Románov y por la monarquía rusa.

En Caracas, mi abuelo se dedicaba a emplomar pisos de granito, material muy común en las construcciones de aquella Venezuela a finales de los cincuenta y principios de los sesenta. El mármol llegó después.

Era un trabajo sucio, monótono y embrutecedor. Él  utilizaba una máquina  pesada de aproximadamente unos 100 Kg de marca “Casani” que sacaba de la maleta de su carro “Studebaker”. La máquina parecía un tanque de gas en posición horizontal, funcionaba con corriente 220, el voltaje 110 vino  más tarde. Dos rueditas atrás y una especie de volante fijo  por donde el operador dirigía la máquina.

Durante mi niñez  tuve la oportunidad de acompañarlo a emplomar pisos en varios edificios de los Palos Grandes como el Luxor, pasillos de las Torres del Silencio, viejos edificios de la Florida y la Campiña  y  el edificio Pasaje Zingg en la Av. Universidad.

Este cosaco malhumorado me sentaba en ese círculo que fungía como volante y comenzaba con la ardua tarea de pulir los pisos de granito. Seguramente mi  peso exactamente encima de los discos abrasivos, le facilitaba el trabajo.

Mi abuelo vivía en una humilde y miserable pensión en la Av. Principal del Cementerio en donde las cortinas eran las puertas que separaban los diferentes cubículos, perdón, dormitorios. Las pocas veces que me llevaban de visita me ponía los patines de hierro y patinaba dentro de la pensión…tenía un piso de cemento verde liso, pulido, muy agradable para patinar.

En muchas ocasiones mi abuelo Georgui Georguiyevich,  me obligaba a  acompañarlo a los botiquines de mala muerte de la zona y  más de una vez me llevó al Cementerio General del Sur para  visitar la tumba de un cosaco atamán (jefe de los jefes). Ese lugar lúgubre lleno de muertos me daba pesadillas, lástima que para entonces no sonaba en la radio esa simpática canción del grupo Mecano: “No es serio este cementerio” (1987).

♫este cementerio

no es cualquiera cosa

pues las lápidas del fondo

son de mármol rosa…

y los muertos aquí

lo pasamos muy bien♪

Él estaba muy orgulloso porque tenía una fórmula secreta para el emplomado, que preparaba en su cuarto en la cual mezclaba: gasolina, kerosene, ácidos, cera, plomo en polvo  y otros abrasivos.

Este mejunje misterioso lo rociaba sobre el piso y luego por horas pasaba su máquina de emplomado conmigo encima, produciendo una espuma blanquecina y después con mucha agua quitaba ese barro oloroso. Una vez seco, el piso, quedaba con apariencia de mojado o emplomado como decía el viejo. La verdad es que con el pulido final los pisos quedaban como los del palacio del Zar.

Casi siempre se trabajaba en ambientes cerrados. Entre los gases de la gasolina, el ácido oxálico, las ceras y yo  montado en la maquina con su vibración escuchando los gruñidos de este anciano, quejándose de los bolcheviques, entraba en una especie de trance como aquella canción de Blood, Sweat & Tears: “Spinning Wheel” de 1969:

♪ What goes up, must come down

Spinnin’ wheel, got ta go round

Talkin’ ’bout your troubles it’s a cryin’ sin

Ride a painted pony,

Let the spinnin’ wheel spin♫

Por supuesto,  la maquina no era un “painted pony” como los del bonito carrusel del Coney Island, a donde este viejo malhumorado nunca me llevó.

Y me despertaba de mi estado letárgico sobresaltado cuando el abuelo me gritaba: “Yuri! acuérdate,  los comunistas piensan diferente”.

Su trabajo terminó abruptamente cuando una tarde, la  secreta mezcla para el emplomado que guardaba en la pequeña nevera de su cuarto, de repente explotó.

Debe ser por los gases que se acumularon en el refrigerador. Esta explosión se llevó gran parte de la pensión, quedando inhabitable. Menos mal que no hubo muertos que lamentar. No sé dónde terminó viviendo este cosaco desdichado, pero en mi casa no fue.

Todos estos trece años en el exilio he seguido muy de cerca la situación de mi querida Venezuela. En esas sabrosas reuniones con mis queridos amigos a la hora del postre el tema de nuestro país  ya es el centro de  mesa y tratamos de entender lo que no se puede entender,  de predecir lo impredecible, de explicar lo inexplicable o razonar lo que no se puede razonar, y entonces en mi cerebro retumba la voz de mi abuelo: Yuri, despierta, recuérdate que los comunistas piensan diferente”.

Un saludo Yurassico

YUra

YUrassiclas …El emplomador de pisos…Febrero 2013.

 

 

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6 Responses to El emplomador de pisos

  1. Yilva Martinez says:

    Yura,

    Me encanta tu blog y me recuerda a su vez a los comentarios de nosotros acerca de mi madre. Aunque no tenga que ver mucho con los corsacos, mi madre, la cual estuvo en la Guerra Civil Española, hablaba y habla con un léxico de martir, a veces malhumorada y muy fuerte. Una de sus favoritas es “Hay que sacrificarse por otros mi hija” “La vida está llena de sacrificios” “Hay que sufrir un poco para aprender”. Muchas de esas repeteciones son a veces útiles pero es el producto de sus vivencias pasadas.

  2. Nikolai Svistunov says:

    Me encanto papi, una historia que jamas habia escuchado / leido. Un dia nos tenemos que sentar y hablar un poco sobre el bisabuelo que nunca conoci.

    Te quiero mucho,

    Niko

  3. clarita says:

    Yura, ¡que buena historia!
    Tantos años conociéndote y no sabía de la existencia de este abuelo y mucho menos, el que haya vivido en Caracas.
    Este es el tipo de legado que le dejas también a tus hijos, que estoy segura lo van a disfrutar mucho. Sigue adelante. Ese abuelo tendría una esposa, verdad? y también están tus abuelos maternos, qué hay de ellos? Ya ves, todavía hay muchos cuentos que contar.
    Saludos,
    Clarita

  4. Silvia says:

    Gracias por compartir la interesante historia y personalidad del abuelo, Yuri. Todos esos cuentos de nuestros antepasados enriquecen a tus familiares y amigos. : )

  5. Ramon says:

    Ya extrañaba las Yurassicas, siempre buenas historias. No se si alguna vez te lo comente, pero cuando llegamos a Veneuela, vivimos unos cuantos años en el edificio Luxor, Los Palos Grandes, en el primer piso, justo en el frente. Si yo escribiera mis Garrotessicas, tendria laguanas historias para contar de esos tiempos.
    Muchos saludo y animate y cuenta nuevas historias.
    Muchos saludos

  6. Juan F Misle says:

    Extraordinario relato. Lo leo 100 veces y 100 veces me gusta

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