La Cruz

 

Estimados @amigos

He’s a real nowhere man

Sitting in his nowhere land

Making all his nowhere plans for nobody.

Que canción tan buena de los Beatles “Nowhere man”, la empezamos a escuchar en 1969. Así y todo, cada vez que la oigo me transporta a los últimos años de la década de los 90, cuando en mi país un nowhere man salió de la nada y muchos nowhere men lo siguieron. En esos años sentía que los espíritus me estaban hablando, unas voces me susurraban, me insistían que siguiera la estrella Polar…hacia el Norte.

Me tocó estudiar navegación por estrellas, cuando quería ser capitán, materia por cierto bastante tediosa y difícil. Los textos utilizaban este cuerpo celeste, para calcular una posición  en altamar y junto al almanaque náutico trazar un rumbo seguro.

Como Caracas se encuentra en la latitud 10 grados Norte, la estrella Polar es poco visible, por lo tanto nos concentrábamos más bien en ejercicios prácticos utilizando constelaciones como la Osa Mayor, siempre visible, aliada del navegante en su peñero. Pero amigos, definitivamente la balada dedicada a todas las estrellas es la que popularizó Oliver en 1969 “Good Morning Starshine”..♪ the earth says hello♫. Aunque ustedes no lo crean el coro dice así:

Gliddy gloop gloopy, nibby nobby nooby

La la la lo lo, sabba sibby sabba

Nooby abba dabba, le le lo lo

dooby ooby walla, dooby abba dabba

Esa mañana había salido de Caracas tempranito en la madrugada con la Cruz del Ávila prendida en su máximo esplendor, por que era Diciembre.

Ver esta enorme cruz en una estructura de más de 30 metros ubicada en “Papelón” en el Parque Nacional del Ávila,  iluminando  mi bella ciudad, me hacia sentir el verdadero espíritu navideño.

Justo esa semana había recibido la  llamada de un ejecutivo que quería ver mi querida lancha.

Manejé todo el trayecto con mucha cautela por culpa de la carretera mojada. Higuerote, después de dos semanas de lluvias intensas, parecía un pueblo fantasma.

Sentado, solo y acongojado en el muelle de Carenero, tarareando ese otro exitazo, ese clásico “Sitting on the dock of the Bay” del inmortal Otis Redding, esperaba a ese desgraciado interesado en comprar a mi querida embarcación.

Y allí estaba ella, sujeta a las cornamusas del muelle, mi pretenciosa y reluciente lancha.

Cuando los  espíritus de carne y hueso  me hicieron tomar la decisión de emigrar, una de mis inquietudes era y ahora qué hago con mi lancha?, me sentía como describe esa estrofa de “Hombre al agua” canción de Soda Stereo:

“Meses navegando, tierra a la vista

las luces de la costa son faros del pasado

todo volverá ser como fue.”

La habíamos adquirido en 1995 de un gran amigo vecino Húngaro-Venezolano que nos llevó a la hermosa Isla de la Tortuga, fondeando en Cayo Herradura a unas cincuenta millas náuticas del astillero de Carenero y ahí quedamos prendados de ella. Desde el primer día se convirtió en nuestra catarsis y en nuestro escape de fin de semana con los niños.

Me daba dolor abandonar esta embarcación que tanto compartió con nosotros y además con tantos “upgrades” como dicen los americanos.

Tenía los motores nuevos y todos los periquitos idos y por haber: Radar, fishfinder con sonar, VHF, radio Single Side Band, que hasta me permitía comunicarme con atuneros rusos en el mar del Japón y claro está el GPS con cartografía “el último grito de la moda”. Mi bote lo tenia todo…estaba siempre medio hundido con la cantidad de peroles que le había agregado. En pocas palabras, el dinero que entraba en un bolsillo salía por el otro, para la lancha. Hasta mi querida esposa sintió celos de mis atenciones mecánicas con ella y la obsesión que sentía por este costoso hobby que es la náutica. Claro está, cuando la lancha no prendía o tenía algún problema ¿a quien le echaba la culpa?…a mi adorada esposa Betzy.

El comprador llegó puntual y sus primeras palabras fueron alegres y llenas de optimismo: “Vengo a comprar una lancha!”.

Me preguntó si podíamos salir a probarla, a pesar de que había oscuros nubarrones en el horizonte, mar picada, una brisa fría y las crestas blancas de unas olas enormes que golpeaban la costa.

Después de una maniobra difícil, zarpamos, pero la marejada era tan fuerte que al poco tiempo de recibir bandazos del impetuoso mar Caribe, decidí virar a estribor con mucho cuidado ya que  tenía a babor el imponente buque petrolero Pilín León (Miss Mundo 1981).

Que bonito acto honrar nuestras mises bautizando con sus nombres los buques de la flota  Petrolera Venezolana: Susana Dujim (Miss Mundo 1955), Maritza Sayalero (Miss Universo 1979), Bárbara Palacios (Miss Universo 1986), entre otras. Estas mujeres sin duda alguna ubicaron a mi país en las cartas náuticas del mundo.

El buque Pilín León fue rebautizado como “Negra Matea” después del paro del 2002.

No pudimos cruzar el traicionero Cabo Codera y me quedé con las ganas de enseñarle la  bella ensenada de Puerto  Francés.

A pesar de las condiciones adversas, logramos resguardarnos al abrigo del puerto. El hombre emocionado exclamó: “la compro”. Me firma un cheque para cerrar el trato y me dice: “Jorge, podrías llevarla a Puerto La Cruz mañana?”.

Inmediatamente me concentré en encontrar un capitán oriundo de la zona y alguien que lo acompañara en esta  travesía costeando hacia el oriente de Venezuela.

Estaba triste y a la vez aliviado por la transacción, me hubiera gustado navegarla una última vez pero ya solo faltaban días para salir en busca de la estrella Polar con mi familia y sabia que ese viaje era sin retorno.

Recogí todos mis macundales mientras le explicaba al capitán todas las manías de mi adorada barca…tenía más mañas que mi querida esposa.

El capitán ya estaba bastante bebido así que no se cuanto habrá entendido de mi monologo sobre motores y  válvulas del combustible.  Su ayudante, un muchacho al cual le faltaban varios dientes, también olía a ron y tampoco puso atención.

La tarde se hizo noche, me despedí con esa sensación de que algo se me estaba olvidando y cuando salgo del camarote un reflejo me hace voltear… y ver la cruz.

Resulta que tenia una cruz ortodoxa muy sencilla, liviana y frágil de madera que mi padre me había traído de la Unión Soviética.

Me recuerdo muy bien cuando me entregó esta cruz. La había comprado a un tovarish buhonero  en Moscú. También traía un pedido algo extraño, para un buen amigo: un puñado de tierra de la añorada Rusia. Este amigo se la pidió, específicamente, para que se la esparcieran sobre su tumba el día de su muerte. Debe ser que papá se tomó muy en serio esta tarea, por que por culpa de la bendita bolsita de tierra, quedó detenido varios días en las cercanías de Chernóbil por la KGB. A la policía y al ejército de la zona le parecía sospechoso que estuviera  viajando con unos gramos de tierra “radioactiva” y no se comían el cuento de que era para enterrar a un cosaco en la lejana Venezuela.

Esta frágil cruz comenzó a navegar con nosotros después de un incidente turbulento en alta mar, pero esa historia es otra Yurassiclas.

Yo no me considero religioso, soy agnóstico, pero mi madre que si era creyente, me pidió que la cruz nos acompañara en nuestras aventuras marítimas. Con “pega loca”  la pegué  a un mamparo del camarote. Quedó bien pegada, yo diría que se fundió a la pared de fibra de vidrio. Ya en las últimas salidas al mar traté de desprenderla varias veces  pero me era imposible.

Le dije al Capitán: “solo me falta la Cruz” y les pregunté si me podían ayudar a despegarla.

Dentro del minúsculo camarote, el capitán con sus manos callosas de tanto pescar, trató infructuosamente. El muchacho sin dientes, impaciente esperando su turno, tampoco pudo separarla. Ya cansado, el marinero busca un martillo y un destornillador. Menos mal que estaba cerca, iba a destrozar la cruz y dejar un hueco en el camarote.

Me adelanté rápidamente y agarré la cruz para protegerla, y cual sería mi sorpresa, ella sola se desprendió quedando entre mis dedos.

Los dos hombres de mar con los ojos enrojecidos se persignaron. Fueron unos segundos mágicos, irreales; nos quedamos viendo las caras. El capitán rompió el silencio y con voz ronca dijo: “Patrón..tranquilo, váyase en paz, que este bote ya no le pertenece”.

Y así lo hice, me fui en paz, rumbo hacia el norte, buscando la estrella polar.

Y con tantas estrellas y cruces en este cuento decembrino, lo que realmente queremos, queridos amigos, es desearles una muy Feliz Navidad.

 Betzy y Yura

 La Cruz…. Yurassiclas. Diciembre 19/2011.

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2 Responses to La Cruz

  1. RG says:

    Muy bueno, ya extrañaba tus historias, muy buenas como siempre.
    Prometo tener el bote listo pronto, para hacerte recordar buenos tiempos.
    Muchos saludos.

  2. Hector Betancourt says:

    Gracias por este regalo de Navidad YUra, sabrosisimo articulo como de costumbre. Un abrazo.

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